Caótico Maligno

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Suripanta

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Tengo la posibilidad de un ascenso importante en mi trabajo y obtener un cargo de jefe. Debería estudiar una serie de reglamentaciones y concursar.

Sin embargo, es, en mi opinión, más beneficioso para los demás que para mí. El único punto favorable es el concerniente a lo pecuniario.

El ambiente laboral es desgastante y horrible.

Hay personas que no valen lo que cobran y no deseo trabajar para ellas.

Acá el compañerismo es una leyenda urbana. Culpar al prójimo es ley, especialmente si está ausente o indefenso. Las responsabilidades son siempre ajenas, salvo las ineludibles.

Una vez, mientras discutíamos un asunto laboral, le dije a mi jefa “tengo seis compañeras y nunca me sentí más solo” y ella pensó que le estaba contando una confidencia.

Desde la caída de Alfonsín en 1989 soy el chivo expiatorio para todo lo que falla, en la tradicional frase “es el turno de la tarde”. Obtener el cargo implicaría, accesoriamente, formalizar la situación: en lugar de murmurarlo en voz baja, podrían señalarme con el dedo.

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Written by Pablo

12/11/2014 at 3:52 am

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Calor

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En los últimos días de diciembre llegué al trabajo y, como es habitual, todas mis compañeras ya se habían ido.

Entré a la oficina y lo primero que hice fue encender el aire acondicionado, pues llegué sudando a mares.

Miré el aparato y noté que ya estaba encendido. Quizás olvidaron apagarlo, quizás tuvieron un gesto amable. Fuera la razón que fuese, me venía bien porque no soporto el calor. Pero el ambiente no estaba notablemente más fresco que afuera. De hecho, no me hubiese dado cuenta que estaba encendido si no lo hubiese observado.

Antes de informar al personal de mantenimiento, verifiqué la temperatura en el control remoto. Allí residía el problema: mis compañeras lo dejaron en veintisiete grados. Y al día siguiente, el número subió a veintiocho.

Veintiocho grados. Afuera harían a lo sumo treinta grados. ¿Hay necesidad de recrear un clima tropical con un electrodoméstico creado para bajar la temperatura? ¿Querían, de una manera más económica, transportarse a las costas brasileñas? ¿Son friolentas y el termostato les falla? ¿Será un asunto hormonal en alguna de ellas?

Teniendo en cuenta que el equipo es frío solo, les hubiera convenido apagarlo y abrir la ventana. O podrían haber encendido la estufa si es que son fundamentalistas del calor.

Written by Pablo

18/01/2012 at 1:48 am

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A fojas cero

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Ella se veía elegante y bien arreglada; se había preparado para la ocasión. Aún así, como al pasar, sin esperanzas de éxito pero aplicando sus armas usuales, intentó, una vez más, doblar mi cerviz. Como en tiempos anteriores, aunque desdeñosamente esta vez, me mantuve en mis trece, tratando de hacerle entender que lo mejor era dejar las cosas como estaban, que había riesgos que convenía no correr, que era más adecuado hacer lo correcto.

Remonté mi memoria a la vez anterior, donde, dedicándome más tiempo y atención, formuló la misma prosaica e imprudente proposición que a desgano trató de repetir este lunes. Su oferta obtuvo un nuevo clon de mis anteriores rechazos. Pienso que darle una chance a su arremetida representa tomar un trayecto peligroso, es internarse en aguas turbulentas: una vez que la corriente me lleve, no habrá forma de regresar. Prefiero la tranquilidad de los ríos apacibles y confiables, donde puede evitarse la zozobra, el mal tiempo, donde es menos probable que el bote encalle, sus cuadernas crujan un dolor seco, su quilla, en un quejido óseo, permanezca apenas visible. Después de una colisión siempre hay daños, hay víctimas, hay caos y lamentos. Una reparación, entonces, tórnase imperativa, en ocasiones insuficiente, y en los casos cuyas azarosas circunstancias permiten proseguir la situación demanda replantearse el rumbo.

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Written by Pablo

06/07/2011 at 6:37 pm

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El falso budista

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Siete de la tarde, golpean la puerta de la oficina donde trabajo.

-El chico de las llaves, ¿no está?
-Debe andar por acá –respondí.- Lo vi hace unos minutos…

“El chico de las llaves” tiene acceso a una dependencia donde hay un gran tablero con llaves de todas las dependencias del establecimiento.

Me sumé a la búsqueda del muchacho, que, pese a su tendencia a desaparecer cuando se lo necesita, se lo percibe a la distancia: donde quiera que vaya lo acompaña el tintineo de una muchedumbre de aleaciones que porta en su cintura, compuesta por un cúmulo de llaves y una larga cadena. Gusta vestir de negro y usar borceguíes; es un amante del heavy metal. Lo buscamos de un lado a otro, en el primer piso, en el segundo piso, en salas, pasillos, oficinas; en el estacionamiento, en la cafetería, en la calle. Ni rastros de él.

Una empleada de limpieza preguntó:

-¿No estará en el baño?

Nada tenía que perder con el intento, así que fui a chequear si estaba allí. Me dirigí al el tocador de caballeros, cuyas luces hallábanse encendidas, indicando la presencia de al menos un hombre.

Efectivamente, desde el umbral noté rasgos distintivos del joven; los visuales eran claramente divisables por debajo del cubículo. Los eslabones de la cadena, que habitualmente cuelgan de su cinturón, besaban el suelo; a centímetros de éstos, las inconfundibles, gastadas botas.

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Written by Pablo

31/05/2011 at 2:56 pm

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Veritas est realitas

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(La verdad es la realidad)

 

Por una reunión tuve que acudir al trabajo por la mañana. Finalizada la misma, me retiraba y en el trayecto pasé frente a mi oficina. Mi jefa me vio y me hizo señas para que entrara, pues quería conocer los detalles. Obedecí a regañadientes.

-No tengo que pasar por acá, no es mi horario –le recordé mientras saludaba una a una a mis compañeras. Antes solía quedarme un rato, tratando de disipar mis inquietudes laborales y mejorar la inexistente comunicación entre los turnos, pero en los últimos tiempos he redescubierto el encanto del misterio. -Además prefiero que nos veamos lo menos posible.

Comentarios reprobatorios arribaron desde por lo menos dos puntos cardinales.

-Hay tres situaciones en las que nos vemos –dije, y empecé a enumerar acompañando con los gestos respectivos –Cuando hay problemas, cuando necesitan pedirme algo, y cuando hay problemas y necesitan pedirme algo.

Con frecuencia logro -en ocasiones involuntariamente- que mis interlocutores no puedan distinguir exactamente cuándo hablo en broma y cuándo en serio. Esta vez la hice demasiado obvia. Dos compañeras apenas sonrieron, una protestó sutilmente, y no pude ver la reacción de mi jefa, quien se encontraba a mis espaldas en ese momento, aunque presumo que acusó el golpe. Ninguna de las cuatro presentes dijo “está equivocado”.

Written by Pablo

26/05/2011 at 6:08 pm

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La llave

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En mi lugar de trabajo tenemos dos turnos: uno a la mañana y otro a la tarde. Salvo en circunstancias extraordinarias, léase una azarosa conjunción estelar, un triunfo de Boca Juniors, o la más probable, cuando las obligaciones estiran el horario, no nos vemos. La esporádica comunicación entre turnos ocurre por escrito.

Desde fines de 2009, fecha en la que tuvo lugar un robo, se decidió que las puertas de cada dependencia tengan solamente un manijón afuera, a efectos de proteger al personal. Quien quiera ingresar, entonces, debe contar con la llave o desde adentro alguien debe abrirle, sea en forma manual o electrónica.

La llave de la oficina donde trabajo se cuelga en un tablero, ubicado en otra oficina. Ambos turnos acudimos a buscar la llave antes de empezar y la depositamos allí al retirarnos.

Pues un día, con la excusa de cerciorarse que yo pudiera entrar, mi jefa ordenó hacer una copia adicional de aquella llave para mí, que varias veces rechacé terminantemente. Llave que, además, ella decidió duplicar por su cuenta, sin responder a sus superiores.

La última vez que tuve que repetir mi argumento fue precisamente ante ella, a fines del año pasado.

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Written by Pablo

05/05/2011 at 9:59 am

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Nos

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Hace unos días Ale escribió en su blog un artículo llamado “Los pluralistas”. En él describe como tales a aquellos individuos que, estando en pareja, hablan por los dos. El post está bueno y es entretenido, recomiendo su lectura, comentarios incluidos.

Ese artículo me inspiró a contar una situación donde moran elementos del mismo, y que acaeció hace relativamente poco tiempo. Paso a relatar.

Una de mis compañeras de trabajo, sabiendo que no dispongo de cuenta en Facebook, me propuso crearme una cuenta y agregarla como amiga.

Le brindé numerosas razones por las cuales no deseo una cuenta en Facebook: Que no estoy interesado, que me comunico por otros medios con mis amistades y familiares, entre otras.

Esta situación se repitió varias veces en el tiempo, incluso en compañía de terceros. Ella, jovencita, egocéntrica y un tanto aniñada, siguió proponiéndome lo mismo. Por mi parte, me mantuve en mis trece, esforzándome por evidenciar desinterés. Incluso en una ocasión le recordé que ya habíamos tocado ese tema.

Me cansa la gente reiterativa e insistente que tiene dificultades en entender una palabra simple, de dos letras, como el vocablo “no”. Me da lo mismo si es sordera, obstinación, fanatismo con Arjona, capricho, o un mero hinchapelotismo el origen de esta incomprensión: Es igual de molesto. “No, gracias” es una contestación, no un desafío. Así que decidí que la próxima vez que me formulara la misma propuesta sería la última, evitando en lo posible ser exageradamente agresivo. Trabajo con ella, prefiero evitar una escena ríspida.

Y una tarde, la oferta, tibiamente enunciada, como adivinando el final, llegó una vez más.

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Written by Pablo

06/03/2011 at 4:30 pm

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