Caótico Maligno

Archive for the ‘Cuentos’ Category

Catálogo

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Sonó una suave campanilla. Frente a sus ojos, la pantalla brilló en rojo incandescente el número del nuevo turno, coincidente con el suyo.

La mano sarmentosa inició su peregrinar por un libro sin nombre de tapas rojas que reposaba en el mostrador. Se dedicó a leer, de forma arbitraria, sesgada, la información presente bajo cada foto. En su errante, inconformista viboreo, recorrió hoja tras hoja, una y otra vez, en un sentido y otro, sin prisa ni decisión.

Detrás del mostrador y del azul de sus ojos, una joven de cabellos recogidos observaba expectante a la tranquila figura, atenta a sus demandas.

Finalmente, a pocos minutos -antojadizamente interminables- de iniciado ese examen letárgico, el libro capituló en su plan disuasorio y el añoso dedo índice se desplomó sobre la foto de un muchacho, tapando parcialmente su rostro en la hoja satinada.

La figura carraspeó. Con voz queda, casi imperceptible, dispersa en el silencio, confirmó el pedido.

-Este- solicitó.

La joven sonrió e inmediatamente dio inicio a sus actividades. Tomó un cuaderno y una pluma estilográfica ubicados en un estante debajo del mostrador. Grabó prolija y parsimoniosamente un puñado de letras, números y guiones, consultando con frecuencia el catálogo.

Al finalizar, y tras verificar una última vez su tarea, sopló suavemente la tinta y cuando ésta se secó, hizo que las tapas de cuero negro se juntaran gradualmente.

Se saludaron. La figura, satisfecha, se retiró. La campanilla volvió a sonar.

Y a la mañana siguiente, el padre Iván, recientemente ordenado, se despertó convencido que su fe podía negociarse.

Written by Pablo

03/04/2011 at 10:00 am

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Jezebel

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Había culminado mi jornada laboral. Era un caluroso y soleado mediodía de enero en una ciudad rebosante de calles abandonadas, desérticas, disponibles, pese al horario pico. Muchos comercios permanecían cerrados desde el inicio del mes, otros aguardaban impacientes el inicio de la segunda quincena para hacerlo. Sufría la ciudad su propia desnudez, ese cisma poblacional, el desapego estacional, endémico, destilado en el alambique vacacional veraniego. A quienes nos veíamos en el infame trance de permanecer en la urbe, privándonos de ese zumo, oleadas de fuego nos recibían, y a su encuentro nos amedrentaban y aplastaban en la ausencia del viento. Dirigíame al centro de la ciudad a realizar trámites, cuando entre el bochornoso, pesado vaho que dibujaba los interminables edificios con trazos oblicuos, o curvos, diríase irreverentes, y que teñía los tilos de un sinnúmero de tonalidades rojizas, verdosas y azuladas, la introspectiva travesía imaginada en mis ojos debió relegarse ante dos fanales ambarinos y un rictus de alegría que ya me habían ubicado. La persona dueña de esos atributos era una mujer que, al reconocerla, me devolvió a mi pasado.

Afloró en mi vida durante la adolescencia, transcurrida en Gualeguay, ciudad enclavada en la terca humedad de la mesopotamia entrerriana. Rubia, alta, de piel blancuzca, rasgos romanos, ojos color miel y sonrisa publicitaria, me atraía desde la unicidad de su nombre. Jezebel se llamaba, con esa grafía bíblica y singular demarcada por el tajante cincel del Registro de las Personas.

Recuerdo que nos reencontramos en el inicio de nuestras instrucciones universitarias y comenzamos a socializar con cierta asiduidad. Existía un principio de afinidad y conforme la conocía cobraba mayor protagonismo en mis desvaríos. Entretanto, el vínculo entre ambos crecía ávidamente.

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Written by Pablo

28/01/2011 at 10:30 am

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Cupido

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Si lo ves a Cupido, decile que lo ando buscando. Que yo lo ando buscando. Sabe de mí por un altercado que tuvimos en una época y lo maldije. Lamento si sus padres no lo cuidan, si son Venus y Marte, dioses de la mitología romana o cuerpos celestes. Qué pena que se haga llamar Eros para confundir, y tenga padres griegos también. Es lo suficientemente cobarde como para escudarse en su progenie, evitando asumir la responsabilidad y el castigo ulterior por sus actos. Ha de expiar esta conducta, con o sin la avenencia de los dioses mediterráneos. Al fin y al cabo uno ignora qué es lo que hace jugando con el amor. Se divierte lastimando gente, velo al señorito cómo se regodea con el dolor ajeno. Y los flechazos duelen. Y cómo duelen. Hubiera sido bueno que practicara otro deporte. Fútbol, ajedrez, lo mismo da. Un arco es un arma. Podría vaciarle un ojo a alguien o matarlo, Dios no lo permita. Aunque es bueno con el arco. Es muy bueno, demuestra gran habilidad y entrenamiento. Así y todo, calculo que se saca la venda para tirar. No me vengas con eso de que la usa para enfatizar lo ilógico, lo irracional, lo fortuito del amor: Mirá la Justicia, usa una venda y así nos va. Se la ponen de vincha. Las cosas no son casuales. El amor es un accidente, dicen. Mentira. El amor es elitista. Accidente es un tropiezo en la calle, una lamparita que se quema cuando la necesitás, un avión cuando se estrella. Un suceso que desde el inicio de los tiempos se ha cobrado el mayor número de víctimas en la historia de la civilización, más que la suma de todos los hechos azarosos, pestes, guerras, atentados, asesinatos y desastres naturales no es un accidente: Es un crimen de lesa humanidad. Como sea, este pibe, este criminal, flechó a Ligia, lo que confirma mi teoría de que es selectivo. Elige por vos con repudiable criterio. Fijate lo de Nicolás, que es un sujeto deleznable y no le va nada mal con las minas. Te decía, flechó a Ligia y me la mandó, que terminó haciendo de mi vida un calvario. Y un día, antes que todo se arruinara con ella, le rogué que me la sacara de encima, sugiriéndole una reemplazante de mi agrado. El mocoso se debe haber negado, y seguro le imbuyó nobles sentimientos a Ligia; Noté que se tornó más dulce, menos voluble, aunque continuaba desafiando mi paciencia igual que siempre.

Fue entonces cuando maldije al nene volador. Lo maldije días y noches, en mis pensamientos, en sueños, cuando miraba la tele, leía un libro, hacía las compras o intentaba cortejar a otra mujer. Maldije su persona, sus alitas perfectas, su crespo cabello rubio, su diáfana mirada, su agraciado rostro de aire inocente y puro gobernado por dos rosadas mejillas, su vuelo grácil y veloz. Pero por sobre todas las cosas, maldije su precisión, esa exactitud infame que guía sus saetas hacia los dominios de la angustia y el amor. Porque además Ligia me tenía podrido y con dolor la dejé, y no pude encontrar a otra a quien quisiera más que a ella.

Un chico no puede ser tan perverso, no es creíble que sea capaz de contener semejante cantidad de sadismo en su cuerpo: Debe ser un enano, un adulto de corta estatura, que en algún momento de su vida tendría que haber iniciado una terapia. Un adulto armado que es capaz de defenderse. Vamos a arreglar nuestro asunto, entonces, perentoriamente y como hombres: A lo guapo. Que el acero lustroso delimite nuestra honorabilidad.

Mientras tanto, decile eso: Que yo lo busco. Por un momento percibirás el pavor en su rostro. Cuando se le pase el miedo inicial, y si no es lo suficientemente disimulado, lo verás llenar su carcaj con flechas envenenadas. Las tiene, sé lo que te digo. No son ni las de oro ni las de plomo, tiene otras con algún veneno, ponele que sea curare, o qué se yo. Porque se las va a querer cobrar. Vos sabés como son los chicos de sensibles.

Written by Pablo

12/12/2010 at 3:11 am

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