Caótico Maligno

Suripanta

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Tengo la posibilidad de un ascenso importante en mi trabajo y obtener un cargo de jefe. Debería estudiar una serie de reglamentaciones y concursar.

Sin embargo, es, en mi opinión, más beneficioso para los demás que para mí. El único punto favorable es el concerniente a lo pecuniario.

El ambiente laboral es desgastante y horrible.

Hay personas que no valen lo que cobran y no deseo trabajar para ellas.

Acá el compañerismo es una leyenda urbana. Culpar al prójimo es ley, especialmente si está ausente o indefenso. Las responsabilidades son siempre ajenas, salvo las ineludibles.

Una vez, mientras discutíamos un asunto laboral, le dije a mi jefa “tengo seis compañeras y nunca me sentí más solo” y ella pensó que le estaba contando una confidencia.

Desde la caída de Alfonsín en 1989 soy el chivo expiatorio para todo lo que falla, en la tradicional frase “es el turno de la tarde”. Obtener el cargo implicaría, accesoriamente, formalizar la situación: en lugar de murmurarlo en voz baja, podrían señalarme con el dedo.

Hace unos días comentaba el tema con un amigo, vía chat. “No es una posición de poder”, le escribí, “es una posición sexual. Pasiva.” Ironía aparte, él sabe que no soy la persona indicada para tratar con las autoridades. No se me dan favorablemente la genuflexión y el servilismo en un lugar donde la contemporización es obligatoria, pues se creen dueños de tu persona, y por tanto, la desobediencia convoca a la intimidación.

No puedo ni pensar en alguno de esos apuntes que me parto emocionalmente.

No me siento ni cómodo, ni capacitado, ni idóneo para desempeñar esa tarea.

Este ha sido uno de los peores años –laboralmente hablando– desde que estoy acá. Y hace rato que sólo estoy en lo físico: mi mente está en otra parte. Me ganó la indiferencia. Me perdieron. Creo que se trata de un ciclo acabado.

Sí, ya sé que estas cosas pasan en todos lados. Pero me inquieta el hecho de saber que hay un montón de tareas que se están haciendo mal, horriblemente mal, y yo podría pasar a ser responsable por ellas. Me pregunto cómo hacen algunas personas para acallar la conciencia y dormir por las noches.

Por todo eso, y porque lo que está en disputa se asemeja a una condena más que a una recompensa, prefiero hacerme a un lado en la competencia.

En otro momento cité una escena de un recordado film con Ricardo Darín. En ella decía una célebre frase, donde aseguraba que la base del problema era que faltaban financistas. Ahora hay dinero. La ramera no quiere, es todo.

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Written by Pablo

12/11/2014 a 3:52 am

Publicado en Uncategorized

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