Caótico Maligno

Archive for marzo 2012

Pelado botón

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Hace ya unos cuantos años que tengo poco pelo. La primera gran caída ocurrió un verano; salía a la calle sin peinarme porque cada vez que me pasaba el peine dejaba en él muchos cabellos.

Al año siguiente, también en verano, me pasó otra vez. Ya con menos cabello, la caída mermó, aunque nunca dejé de encontrar pelos en cualquier lado.

Un par de años atrás dejé crecer libremente los cinco cabellos que me quedaban hasta que colmaron mi paciencia. Los más osados alcanzaron la base de mi cuello; nunca antes había tenido el pelo tan largo.

Así que, hastiado y en una calurosa tarde de enero, me pasé la máquina dejando un par de milímetros. Culminada la faena mi cabeza parecía un campo yermo, triste, desértico; faltaba un cardo ruso que pasara. Eso sí, no necesitaba un peine y es suficientemente fresco para la época. Nunca antes había tenido el pelo tan corto.

Me costó amigarme con mi nueva imagen, de modo que, con la excusa de cuidarme del sol, me compré unas gorras. Las usé bastante; anduve así ataviado durante algo más de un mes. Desafié al buen gusto en casi todos lados, incluso en el trabajo.

Las gorras no sólo me protegieron del sol veraniego sino que además me resguardaron de la opinión del prójimo. Aun cuando soy de los que prefieren que todo el mundo exprese su juicio acerca de cualquier tema, deseé que respetaran mi voluntad y evitaran formular comentario alguno sobre mi cabello. Lamentablemente casi nadie respetó mi deseo.

Mi principal reparo está fundado en lo limitado de mis chances. Me corto el pelo como puedo, no como quiero. Por tanto, no se trata una decisión estética; considero que no tengo alternativa. Entonces, que alguien me informe que mi corte me queda bien no es un elogio; es, en el mejor de los casos, una desafortunada coincidencia.

Mientras tuve una gorra puesta, nadie pudo opinar. Donde hubiera ido luciendo mi calva, quien viera mi flamante corte por primera vez se sentía obligado a emitir un comentario.

En general, quienes opinaron coincidieron en su apreciación. La mayoría puso el piloto automático y me comentó que me quedaba bien. Hubieron un par de casos con rostros embebidos en sorpresa; una persona muy cercana me confesó que el pelo largo me quedaba mal (¿por qué te guardaste la opinión tanto tiempo?) y una dama me dijo que “me veía distinto pero no se daba cuenta qué era lo que había cambiado”. Menos mal que no pretendo ocupar un lugar memorable en su vida…

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Written by Pablo

23/03/2012 at 10:18 am

Publicado en Cosas que pasan

De nombre irónico

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Hubo una época donde acceder a Internet era lento y para unos pocos. Una época donde el mero acto de abrir la cuenta de correo electrónico –las veces que aquello era posible– proporcionaba tiempo suficiente para prepararse un suculento desayuno. Por entonces, la demora en la conexión sabía poner a prueba la paciencia de los espíritus más relajados.

Al evocar aquel período me pregunto cuántas veces habré contemplado absorto la barra de carga del navegador aguardando a que culminara exitosamente. Muchas veces bromeé con ayudarla; en otras busqué ocupar el tiempo muerto en infinidad de breves actividades; y, por supuesto, sobraron las ocasiones donde no pude superar el desafío y me ganó la irritación.

Mucho tiempo ha pasado desde entonces y en cada una de nuestras acciones queda palmariamente demostrado cómo Internet ha cambiado nuestra forma de relacionarnos, de entretenernos, de comunicarnos, de informarnos. Las redes sociales nos acercan; sitios como Netflix o Cuevana cambian la forma de ver los programas que antes contemplábamos en la sala de estar. Consultamos guías y enciclopedias online. Pese a todo, quedamos algunos dinosaurios que leemos libros y diarios en papel.

Y por supuesto, las conexiones a Internet también cambiaron, creciendo y tornándose asequibles para al menos una parte importante de la sociedad.

No obstante, existen quienes permanecen inmutables, impertérritos de cara a la novedad que, jocosa, se mofa de nosotros y muta y se actualiza constantemente. En pos de protegernos de esta ofensa, de esta caducidad perenne, algunos proveedores eligen brindarnos un servicio basado en características familiares, conocidas, de antaño; servicio que nunca perderá su condición, encuadrado a una notable distancia de los enfermizos estándares de hoy y juzgado de vanguardia en tiempos pretéritos.

Este proveedor es Speedy, perteneciente a Telefónica, a quien agradezco por los nostálgicos recuerdos, por transportarme a una época donde yo era más joven, por hacer real lo irreal, por devolverme a aquellos años donde Internet era una herramienta consagrada a una elite.

¡Gracias Speedy por derribar ese mito, esa aciaga muletilla que reza “todo tiempo pasado fue mejor”, si para ustedes es como si el tiempo no hubiera pasado!

Written by Pablo

10/03/2012 at 3:15 pm

Publicado en Cosas que pasan