Caótico Maligno

Anécdotas de viaje

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Durante el receso invernal de julio de 2011 disfruté unos días de vacaciones en el norte argentino. Para desentenderme de todo, contraté un paquete turístico en una agencia de viajes.

  1. Llegué a La Plata a las ocho de la mañana, tras un viaje de diez horas en micro desde el interior de la provincia. Diez horas en las que no dormí un segundo, como es habitual.
    Necesitaba descansar pero también ocuparme de armar el bolso y hacer unos mandados para dejar todo organizado al regreso. Dormí hasta mediodía, unas tres o cuatro horas que terminaron siendo todo mi reposo.
    A las tres de la mañana, sin haber vuelto a dormir, salí en remis para Aeroparque. Llegué a las cuatro de la mañana. Hice el check in y aguardé el embarco, el vuelo salía a las 06.30. Sintetizando, en menos de un día estuve en tres vehículos distintos.

  2. Por curiosidad, pero más que nada por capricho, fue mi primer experiencia en avión. Fue una época inadecuada para ese antojo; la ceniza volcánica amenazó con arruinar mis vacaciones. Sin embargo, nada ocurrió en los vuelos, y tanto la ida como el retorno contaron con la magia de salir en tiempo y forma. Lo único desagradable de volar fue la presión en los oídos, que parecían que iban a estallar en cualquier momento. Qué pena que todos los consejos los recibí al volver.

  3. -Ahora este chico me va a dejar pasar.
    -No.
    -¿No?

    (Martín amagó no hacerlo, pero finalmente cedió el paso)

    -¡Estás hecho un caballero!

    Fastidiado, Martín respondió:

    -Si dejo pasar a todo el mundo, ¿cuándo paso yo? ¿Alguien más quiere pasar? Vamos, voy dejando pasar a todos- se hizo a un lado, abriendo el paso y apuntó a la salida con la cabeza. Con un ademán rechacé la oferta.
    -Tenés razón, si total todos vamos a tardar en bajar…

    Diálogo entre dos personas, una mujer de unos cincuenta y tantos y un chico de… once años de edad.

  4. Culminamos forzadamente una excursión porque el guía adujo que no teníamos tiempo para todo lo que íbamos a hacer en el día. Quince minutos después, el micro dejó de funcionar. La reparación, que supuestamente era trivial, se estiró por espacio de una hora. Pronto el guía, de la empresa Caluch, empezó a hacer llamadas y llamadas y llamadas. Tres horas y media después sus contactos telefónicos surtieron efecto y nos vino a buscar un ómnibus de Flecha Bus, algo más destartalado y sucio que el nuestro y que nos dejó en nuestro siguiente destino. Que gracias a la gestión de este sujeto permaneciéramos varados a la vera de la ruta 40 cuatro horas y media, que nos consiguiera un restaurante abierto a las cuatro de la tarde (“para los que tengan hambre”), que vagamente nos compensara después, y que ni siquiera tenga que usar un chaleco antibalas para seguir su vida, demuestra nuestro nivel de civilización.

  5. Durante la espera con el micro averiado encontré una tienda de artesanías. La pared más alejada, la del este, tenía unas ranas pintadas.
    Lo llamativo es la inscripción que figura abajo a la derecha. ¿Es la firma del autor o autores?
    Nada que ver. He aquí una ampliación. Que alguien me cuente si el auspiciante alguna vez se acuerda de quienes dice honrar.

  6. Esa misma noche llegamos a Salta, sucios y cansados. Al hacer el check in en el hotel, el dependiente juró no tener reserva a mi nombre. Recordé que un par de horas antes fui el único a quien el guía preguntó en qué hotel iba a hospedarse.
    Como era tarde para buscar un sicario que se encargara de ese sujeto, le enseñé el voucher al empleado, donde figuraba la reserva. Llamó al guía y se le reportó el error, subsanado en el momento.

  7. Era tarde y tenía bastante hambre, así que tras todo esto fui a cenar a un pequeño restaurante cercano, donde, como me percaté después, había un solo mozo bastante atareado. La atención era lenta, paquidérmica, digna de una momia excedida en barbitúricos.
    En lugar de solicitar un plato típico de la zona, pedí una milanesa de pollo y una ensalada mixta. Para mitigar la espera, leí un diario local abandonado en una silla contigua.
    Cuando finalmente llegó mi cena, el camarero trajo aceite, vinagre y pimienta. Pimienta, no sal. Pedí mi sal y la tuve. Sin dudas, el camarero no quería cuidar mi presión. Si esa hubiera sido su intención debería haber cuidado también mi colesterol. El cocinero rebozó la milanesa sin quitarle unos exagerados golletes de grasa.

  8. Terminé haciendo lo que creí que jamás volvería a hacer: fui a una disco. Estaba el guía entre ellos, de 43 años de edad, haciéndose el divertido.
    El taxi nos dejó en la puerta del lugar. No supe adónde iba hasta que llegamos. Accedí a entrar para no negarme y regresar al hotel, aunque quizá debí haberlo hecho.
    Y allí estábamos, entre los sub 25, haciendo la nuestra. Me sentí incómodo y fuera de lugar, acalorado, empujado y apretado, bajo el imperio de la cumbia y el reggaetón.

  9. Y como para terminar: en el mismo vuelo de regreso a Aeroparque venía Claudio María Domínguez. Nadie lo reconoció.

  10. Anuncios

Written by Pablo

13/02/2012 a 4:30 pm

Publicado en Anécdotas

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