Caótico Maligno

Serrucho

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Una vez más, asistí al Teatro Argentino a mediados de noviembre. La razón fue una ópera, “Don Carlos”, de Giuseppe Verdi. Es una obra larga –cuatro horas- pero entretenida. Su música es variada, cambiante, y en muchos pasajes de la historia acompaña el fervor o el dramatismo que reina en la escena e invade a los protagonistas.

Esta presentación se dividió en tres actos, con intervalos de quince minutos para salir a relajarse o al baño.

Aún con los intervalos, puede resultar agobiante. En mi caso, el último acto me encontraba cansado, prestaba atención por momentos; se me dificultó mantener un interés constante.

Pero no fui el único; una situación inusual, alejada del tablado, acaparó mi mirada. Promediando el final, en medio de una música intensa, dramática, bañada en latón y percusiones, pude contemplar a una señora de unos cincuenta y tantos recostada sobre su lado izquierdo, roncando suavemente, la boca apenas abierta, las manos inermes en su regazo. Señora que, durante otros pasajes del espectáculo, se dedicó a enviar mensajes en su teléfono móvil. Señora que venía de Capital Federal en el servicio de transporte que dispone el teatro y, que por tanto, no podía retirarse a descansar a su casa.

Dormitó unos pocos minutos; cuando se repuso, la música, inapropiada para el sueño, aún recitaba su tragedia y el escenario brillaba de tensión. Llegó bien a los aplausos finales.

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Written by Pablo

15/12/2011 a 3:56 pm

Publicado en Cosas que pasan, Música

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