Caótico Maligno

Archive for diciembre 2011

Aquel reiterado vaticinio

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Días atrás recibí un calendario 2012. No miré los feriados ni los días de vacaciones que me corresponden en el trabajo. Tampoco evalué los “feriados puente”. Mucho menos corrí a comprar una agenda. Tan pronto tuve en mis manos ese rectángulo de cartulina quise ver si el 21 de diciembre de 2012 estaba resaltado de alguna manera.

En mi entorno soy conocido como el escéptico, sambenito que no me molesta en absoluto. De hecho, pienso que nos califican de escépticos a quienes nos dejamos engañar menos que el promedio.

Han anunciado tantas veces “el fin del mundo” como si se tratara de un trámite que se iniciará de golpe un día equis; como si la tierra hubiera sacado turno para visar su desafortunada ventura. Algunos insisten en hacerme ver su punto de vista: “Ya lo decían los mayas”. O me nombran personas como Benjamín Solari Parravicini. También lo predijo Paco Rabanne en su momento, y acá estamos. Acepto que en el planeta se producen cambios, catástrofes y situaciones anormales desde hace bastante tiempo, y asumo que irán empeorando progresivamente fruto del uso y abuso de nuestro mundo. Naturalmente, las generaciones venideras tendrán enormes dificultades para subsistir. Imaginando un panorama así, estos agitadores del caos redundan en su existencia.

Quienes más me intrigan son aquellos que se presentan como matemáticos y/o estudiosos de la Biblia. Algunos son sacerdotes, o historiadores. Enuncian su verdad con tono fatalista, matemático y preciso para ser posteriormente burlados por un plazo vencido, como un cheque o un pagaré. Pueden añadir a su CV, al día de la fecha, el rol de fallidos pronosticadores consuetudinarios.

Suponiendo que emiten sus vaticinios sin segundas intenciones, ¿qué les falla a estos profetas de café? ¿La parte matemática del estudio… o la teológica?

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Written by Pablo

26/12/2011 at 9:21 am

Publicado en Desvariando, Opinión

Serrucho

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Una vez más, asistí al Teatro Argentino a mediados de noviembre. La razón fue una ópera, “Don Carlos”, de Giuseppe Verdi. Es una obra larga –cuatro horas- pero entretenida. Su música es variada, cambiante, y en muchos pasajes de la historia acompaña el fervor o el dramatismo que reina en la escena e invade a los protagonistas.

Esta presentación se dividió en tres actos, con intervalos de quince minutos para salir a relajarse o al baño.

Aún con los intervalos, puede resultar agobiante. En mi caso, el último acto me encontraba cansado, prestaba atención por momentos; se me dificultó mantener un interés constante.

Pero no fui el único; una situación inusual, alejada del tablado, acaparó mi mirada. Promediando el final, en medio de una música intensa, dramática, bañada en latón y percusiones, pude contemplar a una señora de unos cincuenta y tantos recostada sobre su lado izquierdo, roncando suavemente, la boca apenas abierta, las manos inermes en su regazo. Señora que, durante otros pasajes del espectáculo, se dedicó a enviar mensajes en su teléfono móvil. Señora que venía de Capital Federal en el servicio de transporte que dispone el teatro y, que por tanto, no podía retirarse a descansar a su casa.

Dormitó unos pocos minutos; cuando se repuso, la música, inapropiada para el sueño, aún recitaba su tragedia y el escenario brillaba de tensión. Llegó bien a los aplausos finales.

Written by Pablo

15/12/2011 at 3:56 pm

Publicado en Cosas que pasan, Música