Caótico Maligno

P.A.S.O.

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Hoy, sabemos todos, se vota. Dejo mi experiencia de las votaciones en las primarias, que no publiqué en su momento por falta de tiempo.
A las cinco de la tarde entré a votar al Ministerio de Educación. Como era de esperar, había mucha gente. Tres mesas en un recinto de, aproximadamente, 25 metros de ancho por 30-35 de largo. Era una nube de personas conversando y a la vez, tratando de mantener un orden, de preservar sus filas. Se veía que no iba a ser un trámite rápido.

Preguntando, hallé el final de la retorcida fila, y me dediqué a contemplar las molduras, las placas, y los bustos en general: también hay efigies de próceres.

Se hicieron las seis de la tarde y con ello la hora de cerrar el ministerio. Eran tres puertas y uno de los oficiales acarreaba una tabla con el propósito de trabar una de las entradas. En los ventanales el sol caía y la escena me remitió a un ataque zombie. Inmediatamente después acepté que los muertos vivientes, los que se movían lentamente, quienes murmuraban frases ininteligibles, éramos los que permanecíamos dentro.

Finalmente, llegó mi turno frente a la mesa de votación. Un hombre rubicundo y fornido, con cara de padre de familia establecido, me hizo señas para que le entregue mi documento. Leyó mi nombre en voz alta y dijo: “número de orden: ciento veintiuno”.

Ciento veintisiete, le respondió un muchacho en sus veinte, ubicado al lado de él.

Ciento veintiuno, retrucó el rubicundo.

Ciento veintisiete, repitió el joven, mirándolo a los ojos.

El rubio miró la planilla un segundo, y luego me preguntó: “¿qué número de orden sos?”

No emití palabra, hice un gesto de “No sé. Consulté el padrón por internet”.

A ver, rubio: ¿Te bailan los numeritos? ¡Pues te hubieras llevado los anteojos! ¿Se te corren los renglones? Podrías haber usado una regla, o en el peor de los casos, el borde de un sobre.

Finalmente me metí en el cuarto oscuro, tratando de demorar lo menos posible. De lo único que voy a quejarme es del tamaño de los sobres. Cambian las mesas de hombres y mujeres por mesas mixtas, cambian los partidos políticos, los ritmos de las elecciones, los resultados, pero los sobres mantienen su incorruptible, inalterable medida.

Tomé la boleta y medí el sobre para calcular el doblez. Plegué la hoja una y otra vez, con más velocidad que precisión. Cuando finalmente cerré el sobre pareció que le había puesto un sandwich simple de miga.

El sobre ingresó en la urna, pero con escrúpulos. Envidié a los habilidosos en origami.

Tomé mi documento y mientras me retiraba, miré la hora, sorprendido. Era cerca de las siete de la tarde. Nunca antes había demorado tanto para sufragar. La mujer policía que me abrió la puerta vio mi rostro.

– Toda la tarde adentro para votar, ¿no?

– Peor ustedes, que tienen que quedarse- respondí, compadeciéndola.

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Written by Pablo

23/10/2011 a 9:06 am

Publicado en Anécdotas

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