Caótico Maligno

Incommunicado

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Los primeros días de agosto me encontraron alejado de este espacio por tener que atender una serie de asuntos personales y porque, según pude descubrir, el servicio de Internet no estaba funcionando.

Domingo 7 de agosto a la tarde. Tenía ganas de conectarme a Internet, pero el modem no detectaba señal en la línea. Si bien no es normal, ha pasado en otras ocasiones y no le presté mayor importancia, suponiendo que todo se arreglaría pronto, como siempre.
No me preocupa estar sin Internet, no me considero dependiente del servicio, creo que puedo vivir perfectamente sin él; pero considerando que se trata de un servicio pago, que Telefónica no es Cáritas, y que tan pronto mi familia se enteró de lo que acaecía mostraron un inocultable disgusto, no me quedó más remedio que llamar a la empresa unas horas más tarde. Según el joven que me atendió, tenían problemas en la línea y a la brevedad restablecerían el servicio.

Lunes al mediodía. Un rato antes de ir al trabajo encendí la pc a efectos de comprobar si tenía Internet, pero todo estaba como la tarde anterior. Reiteré el reclamo. Cuando volví del trabajo, al anochecer, los muchachos de Telefónica llamaron para confirmar si había recuperado el servicio: mi respuesta fue negativa. Me informaron que aún tenían problemas y que seguían tratando de solucionarlos.

Tercer día. Sonó el teléfono en la mañana. Una chica se presentó y dijo ser empleada de Telefónica. Acto seguido, me informó el propósito de su llamado: ofrecía cambiar la velocidad del servicio de internet. Sorprendido e indignado, me pregunté si tenían una oficina de sadismo e ironía dirigida por un aspirante a Tangalanga. Que te llamen para ofrecerte la mejora de un servicio no disponible es desorganización, bizarría, o mera estupidez. La realidad se obstina en tener una faceta cruel e irónica, y en este caso Telefónica la había capitalizado, abandonando el rubro comunicaciones en favor del medio humorístico.

Mi primer pensamiento fue mandar a la chica a aquella famosa agencia de viajes (de nombre “La Recalcada”), pero entendí que ella no tenía porqué saber lo que ocurría; así que opté por rechazar la oferta y de paso comentarle sutilmente mi situación.
Internet también había mutado. De servicio lento y ocasionalmente confiable había pasado a ser un tópico delicado y sensible, el tema a evitar en el momento del diálogo. Actividades banales como revisar el correo o leer un diario estaban anuladas y precedidas por sonoros insultos a la empresa prestadora del servicio, a la progenie del mandamás, a la madre patria, al primer europeo que pisara estas tierras.

Día cuatro, once y media de la mañana. Recibí una nueva llamada de Telefónica, esta vez con un técnico de la empresa. Con él como guía en mi celular, comencé a hacer pruebas de conexión para descubrir la falla. De acuerdo con mis pericias, el modem no funcionaba, y se lo comuniqué al técnico.

Quince minutos después tenía al técnico en casa. Verificó la línea, el cableado, y convencido, cambió el modem. Probamos que hubiera conexión y se fue.
Quedaba averiguar por qué el modem dejó de funcionar. Hasta la tarde del domingo funcionaba perfectamente y sin razones aparentes dejó de hacerlo.

Por lo que pude enterarme, mis pequeñas sobrinas, acaso furiosas porque las elecciones primarias postergaron el día del niño, jugaron a testear la resistencia del hardware a los golpes. Eligieron el modem para llevar a cabo sus análisis. Por tanto, el periférico cayó al suelo repetidas veces. El test arrojó como resultado que los modems de Telefónica no son a prueba de infantes.

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Written by Pablo

27/08/2011 a 9:54 am

Publicado en Anécdotas

2 comentarios

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  1. No actualizas mas?

    Ale

    18/10/2011 at 11:52 am

    • ¡Hola, Ale! He estado un poco complicado, otro poco aislado, otro tanto desganado.
      Eso sí, después de dos meses, más o menos, dejé programada una entrada nueva para hoy.
      Un abrazo, Pablo.

      Pablo

      18/10/2011 at 3:35 pm


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