Caótico Maligno

Haciéndola corta

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Suena el teléfono en mi casa.

-¿Hola?
-Hola, buenas tardes -la voz de una joven llena mi oreja izquierda- Llamo de la empresa Xxxx para informarle que su número ha sido beneficiado con una prueba e instalación sin cargo de un sistema de alarmas. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
-La verdad, no estoy interesado.
-¿Puedo saber el motivo?
-Tengo muchos gastos.
-¿Tal vez pueda sugerirnos algún amigo o familiar a la que podamos ofrecerle el equipo?
-No tengo familiares en La Plata.
-De acuerdo, que tenga buenas tardes.
-Adiós.

Transcribí la comunicación más reciente que tuve con un telemarketer y que, practicando las modificaciones de cada caso, es el modelo que aplico con mayor frecuencia. Demoró menos de un minuto, y, aunque tiene menos onda que pelo de chino representa una respuesta socialmente aceptable. Conozco quienes cuelgan antes de escuchar de dónde llaman: eso es menos simpático aún, mucho más rápido e igual de efectivo, pero no quiero cargar las tintas con el sujeto detrás del teléfono: está realizando un trabajo que me molesta, pero es su trabajo. Probablemente preferiría estar de vacaciones en lugar de llamarme para venderme algo mientras su jefe quizás esté de vacaciones, así que trato de rechazar la oferta sin mostrarme interesado y sin brindar datos personales. De paso, en la breve comunicación le hago un favor a él o ella y a su empresa.

Al telemarketer le brindo alivio al evitarle repetirme parte de su monserga comercial, esa que pronuncian como si fuera un mantra pero a toda velocidad, desafiando la mecánica de la dicción. Como consecuencia, reduzco su potencial burnout y quizás hasta le otorgue un instante adicional de descanso entre llamadas.

Beneficio a la compañía al reducirle el costo de la comunicación, en tiempo y dinero. Siendo partícipe indispensable de tal utilidad, próximamente reclamaré mi correspondiente paquete accionario.

Tengo como regla no aceptar ningún servicio o prestación vía telefónica. Lo hice una sola vez para obtener descuentos en llamadas de larga distancia y no convino. Peor aún, resultó más costoso, probablemente por no conocer los aspectos relevantes del caso. Y como es de esperar, fue necesario presentarse personalmente en la compañía de teléfonos a solicitar la baja del supuesto beneficio.

Afortunadamente no recibo demasiados llamados; de tener más los odiaría. Es una técnica mercantil agresiva y molesta que por esa razón provoca el efecto opuesto, se torna indeseable. Las empresas conocen sus necesidades, no las mías. Si quiero y puedo acceder económicamente a un artículo equis, no aguardaré a que me llamen; acudiré a una tienda que lo venda y procuraré comprarlo. Lo demás puede aguardar a que ambas variables, poder y querer, se conjuguen al unísono.

Las únicas llamadas en las que cuelgo inmediatamente son aquellas en las que del otro lado hay una voz grabada. Demoran un par de segundos hasta que inician. En ese período intento infructuosamente comunicarme con alguien que, en realidad no existe, pero que quiere decirme algo. Tan pronto oigo la voz me siento frustrado y engañado, pero me reprimo: no le encuentro sentido putear a alguien que no va a sentirse mal por ello, que no va a sufrirme.

En el último lustro, al menos una vez al año me llamaron de una entidad cuyo nombre nunca fui capaz de recordar, acaso por la similitud con sus competidores en el rubro. A efectos de entendernos, pongámosle como razón social “Explanadas de serenidad”. Como decía, me han estado llamando de “Explanadas de serenidad” para concretar una entrevista en persona y acordar la adquisición de una parcela o un servicio afín.

A diferencia de los adolescentes que recitan en tono monocorde y a mil por hora su discursito tan robóticamente estudiado y ejecutado, la mujer de “Explanadas de serenidad” me habla en tono tranquilo y cordial, sin abandonar la seriedad que el caso reviste. Hoy día mi edad me permite no inquietarme por el asunto, y tras escucharla educadamente, le respondo que aún no me hallo interesado en resolver aquellas cuestiones.

Para mis adentros le otorgo la altura de una broma pesada. En consonancia con mi opinión, la pertinacia de sus empleados dispara burlas y carcajadas en mis allegados. Menos mal.

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Written by Pablo

29/07/2011 a 9:41 am

Publicado en Anécdotas

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2 comentarios

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  1. “Beneficio a la compañía al reducirle el costo de la comunicación, en tiempo y dinero” muy buena frase!

    Ale

    19/08/2011 at 5:12 pm

    • Desde afuera les hago un ahorrito, ¡quiero mis acciones!
      Gracias Ale por la buena onda, por comentar y pasar. Te mando un abrazo.

      Pablo

      19/08/2011 at 7:42 pm


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