Caótico Maligno

Risky Business

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Revolviendo papeles en una estantería encontré un par de sobres. Correspondencia en papel de unos cuantos años atrás, en épocas distantes de la actual comunicación informática que me hicieron recordar una vieja historia.

Cuando obtuve mi primer trabajo en blanco se abrió un mundo nuevo, el legal. Aprendí y acepté las formalidades de la incorporación al sistema, desde redactar una declaración jurada a completar un grupúsculo de formularios (seguro, obra social, etc.). Entre otras cuestiones, me preguntaron en qué repartición deseaba efectuar mis aportes jubilatorios. Como en aquel momento se podía optar por el sistema de capitalización (léase AFJP, alternativa privada) o por el sistema de reparto (estatal), me incliné por el último.

Nunca me gustó el nombre “sistema de reparto”. Lejos de sonar equitativo, se me antoja corrupto, inmoral, remite a una siniestra confesión, a una espuria declaración de principios. Por su parte, “sistema de capitalización” no le va en zaga, aunque es más discreto: su denominación omite especificar quién es el beneficiario. Como si dijera “alguien está acumulando dinero”.

Como decía, días después me llamaron de la Oficina de Personal. Sin mediar mayores explicaciones, se me informó que había surgido un inconveniente y me dieron la dirección de ANSES para que me ocupara en persona de mi situación previsional.

Así que en la mañana siguiente me dirigí allí. Cerca del mediodía me atendió un empleado parco, frío y eficiente, con cara de cansado.

Después de introducir mis datos y analizar mi información me dijo que no podía incorporarme al sistema de reparto.

-No puedo porque estás en una AFJP –soltó, sin darme tiempo a preguntar lo obvio.

La respuesta me tomó por sorpresa. Conozco mi historial; hasta entonces, lo poco que había trabajado había sido en negro.

Mientras yo seguía en un estado de seudo petrificación, el empleado aprovechó el tiempo e imprimió un resumen. Alrededor de 1995, según los datos que tenían en su base informática, trabajé en Mendoza para una empresa, y mi presunto empleador o empleadora había hecho aportes en mi nombre. En verdad, eso no ocurrió: no conocía Mendoza en 1995 y además estuve desempleado ese año.

Estaba shockeado. Alguien había tomado y utilizado detalles de mi persona para Dios sabe qué. Sobran las ocasiones donde uno pudo haber dejado sus datos personales… Currículums, sin ir más lejos. Hubo una época donde uno era joven, inexperto y cándido; en pos de un presunto provecho me sacaban ciertos datos con la misma dificultad con la que se apaga una lámpara.

El empleado me instó a dirigirme a la AFIP si quería entrar en el sistema de reparto.

Un día después me presenté en la meca del aporte. Conté mi caso, confesé mi turbio pasado y expresé intenciones de redimirme y abandonar el lado oscuro. Gestioné mi conversión mediante un trámite denominado traspaso especial. Fui a una oficina donde redacté y firmé un documento en el que aseguraba que nunca había trabajado en Mendoza. Hicieron, además, que firmara cinco veces un formulario como prueba de la veracidad de mi rúbrica.

Finalizada la ronda de autógrafos se me informó que cuando el trámite culminara enviarían una carta a mi domicilio informándome de lo ocurrido.

Mi parada siguiente fue Arauca Bit –la AFJP. Se hallaba en una modesta oficina sobre las alturas de un quinto piso en pleno centro platense. En la puerta, y detrás de una maraña de pulseras, collares y dijes distinguí una elegante señora entrada en años. Era amable y empática, al punto que cuando nombré mi pertenencia a Arauca Bit sonrió y me felicitó, pero cuando le aclaré que fue contra mi voluntad su rostro se descompuso.

Entramos y me atendieron dos secretarias. Repetí mi historia una vez más y la señora exclamaba preocupada “¡qué terrible!”, “¡qué mala suerte!”, entre otras expresiones de similar utilidad.

De todos modos, fueron bastante comprensivas y expeditivas. Hube de renunciar a los beneficios de un trabajo que no hice, aunque la emperifollada sugirió, con más codicia que picardía, que me hiciera el tonto y los aprovechara: imposible, pues se oponía a mis deseos de aportar al Estado, y las empleadas se lo hicieron saber.

Finalizado aquel trámite, mi recelo creció tan pronto una de las empleadas comenzó a confirmar mis datos, alcanzando el clímax al pedirme mi dirección actual. Estallé, inflamado de desconfianza: largar mis datos libremente me había depositado allí y me los exigía alguien a quien nunca más volvería a ver.

Ante mi reacción, se negó a proseguir a menos que se la revelase, explicando que quería ayudarme y que necesitaba mi dirección para enviarme el resumen de cuenta. Presionado por la circunstancia, sin menguar mi enojo, se la di.

Tiempo después volví a la AFIP para saber en qué había quedado todo. A mi pregunta, un empleado desapareció unos minutos y al volver me dijo que estaba todo bien. Que se había resuelto favorablemente. Que la empresa no existía. Eso fue todo. Poca información para un mes y pico de espera, y bastante vaga por cierto.

Llegaron dos cartas a mi casa. La primera fue un resumen de cuenta de Arauca Bit. Un mes después llegó una carta con membrete de ANSES. Tres escuetos renglones aseguraban lo que ya sabía: que mi solicitud se había resuelto favorablemente.

En fin, la saqué barata: un par de trámites y todo se solucionó. No obstante, aprendí por las malas a mantener precauciones y al día de hoy –cruzo los dedos- no he vuelto a sufrir incidentes de esta categoría.

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Written by Pablo

23/07/2011 a 5:40 pm

Publicado en Anécdotas

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