Caótico Maligno

A fojas cero

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Ella se veía elegante y bien arreglada; se había preparado para la ocasión. Aún así, como al pasar, sin esperanzas de éxito pero aplicando sus armas usuales, intentó, una vez más, doblar mi cerviz. Como en tiempos anteriores, aunque desdeñosamente esta vez, me mantuve en mis trece, tratando de hacerle entender que lo mejor era dejar las cosas como estaban, que había riesgos que convenía no correr, que era más adecuado hacer lo correcto.

Remonté mi memoria a la vez anterior, donde, dedicándome más tiempo y atención, formuló la misma prosaica e imprudente proposición que a desgano trató de repetir este lunes. Su oferta obtuvo un nuevo clon de mis anteriores rechazos. Pienso que darle una chance a su arremetida representa tomar un trayecto peligroso, es internarse en aguas turbulentas: una vez que la corriente me lleve, no habrá forma de regresar. Prefiero la tranquilidad de los ríos apacibles y confiables, donde puede evitarse la zozobra, el mal tiempo, donde es menos probable que el bote encalle, sus cuadernas crujan un dolor seco, su quilla, en un quejido óseo, permanezca apenas visible. Después de una colisión siempre hay daños, hay víctimas, hay caos y lamentos. Una reparación, entonces, tórnase imperativa, en ocasiones insuficiente, y en los casos cuyas azarosas circunstancias permiten proseguir la situación demanda replantearse el rumbo.

Examiné mentalmente los últimos, fugaces, esporádicos encuentros, en busca de una frase, un gesto, una mirada o cualquier otra señal que ella pudiera haber interpretado como favorable a sus deseos e impregnado con expectativas propias. Intenté rememorar pliegues en el matiz de mi voz, la frecuencia de mis tics característicos, el destino de mis miradas; invoqué, en ambos lados, los últimos vaivenes: suspiros y enfados, quejas y reproches, mentiras y promesas. Nada destacable hallé.

Tras esa última charla, creí que la situación había sido aclarada y no era necesario agregar más. Que bastó el diálogo que tuvimos como las dos personas adultas que somos, donde expusimos nuestras intenciones sin alcanzar un acuerdo. Que las posiciones encontradas se aceptaron en franca señal de madurez y respeto. Que mis argumentos eran válidos y suficientes. Que nuestros compromisos impedían el avance que ella deseaba. Bueno, al menos así se vio desde mi perspectiva.

Pero cuando mi jefa apareció con una nueva copia de la llave de la oficina diciendo que era para mí, me pregunté si ella, que jura valorarme, es o se hace. Si lo pensara mínimamente se daría cuenta que su accionar muestra un notable desinterés hacia mi persona y mis responsabilidades laborales.

Sí, ella estaba elegante, pero no para mí, era debido a un compromiso de trabajo.

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Written by Pablo

06/07/2011 a 6:37 pm

Publicado en Cosas que pasan

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2 comentarios

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  1. Otra vez la llave?! Que quilombo que tienen ahi con eso…

    Ale

    12/07/2011 at 9:39 pm

    • Si mis compañeras se preocuparan por mí, por lo que pueda necesitar, esto no ocurriría. Así de simple. Dejar de cuidarse la cola y empezar a entender que todos estamos tirando para el mismo lado.
      Quizás me haga falta un cambio de aire.
      Un abrazo Ale, y gracias por pasar y comentar.

      Pablo

      13/07/2011 at 11:42 pm


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