Caótico Maligno

El falso budista

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Siete de la tarde, golpean la puerta de la oficina donde trabajo.

-El chico de las llaves, ¿no está?
-Debe andar por acá –respondí.- Lo vi hace unos minutos…

“El chico de las llaves” tiene acceso a una dependencia donde hay un gran tablero con llaves de todas las dependencias del establecimiento.

Me sumé a la búsqueda del muchacho, que, pese a su tendencia a desaparecer cuando se lo necesita, se lo percibe a la distancia: donde quiera que vaya lo acompaña el tintineo de una muchedumbre de aleaciones que porta en su cintura, compuesta por un cúmulo de llaves y una larga cadena. Gusta vestir de negro y usar borceguíes; es un amante del heavy metal. Lo buscamos de un lado a otro, en el primer piso, en el segundo piso, en salas, pasillos, oficinas; en el estacionamiento, en la cafetería, en la calle. Ni rastros de él.

Una empleada de limpieza preguntó:

-¿No estará en el baño?

Nada tenía que perder con el intento, así que fui a chequear si estaba allí. Me dirigí al el tocador de caballeros, cuyas luces hallábanse encendidas, indicando la presencia de al menos un hombre.

Efectivamente, desde el umbral noté rasgos distintivos del joven; los visuales eran claramente divisables por debajo del cubículo. Los eslabones de la cadena, que habitualmente cuelgan de su cinturón, besaban el suelo; a centímetros de éstos, las inconfundibles, gastadas botas.

-¡Acá estabas! Te están buscando para que abras…
-Pará.

Sin señales aparentes de movimiento alguno, oí al manojo de llaves desprenderse. El muchacho lo apoyó en el suelo, aislando la llave que abría la dependencia, y lo deslizó hasta el centro del tocador, bastante próximo a mi ubicación.

Por un rato me ocupé de habilitar el acceso a las oficinas a la vez que cumplía mis funciones diarias.

Treinta o cuarenta minutos después se presentó ante mí para recobrar su hato de responsabilidades.

-Qué inoportunos tus intestinos –comenté bromista.
-Y, qué querés, hoy cebé dos termos de mate –justificó.

A la tarde siguiente, misma hora, una voz inquiere en la oficina contigua:

-El chico de las llaves, ¿no está?
-Está en el baño –se le respondió.

Tanto se ha hablado y escrito acerca del sexo tántrico, cuya nota más saliente parece ser la duración del acto, que no puedo evitar pensar que nuestro Wally incorpora aquellas duraderas virtudes al noble acto de evacuar. Puedo imaginarlo completamente relajado, en armónicas respiraciones largas y pausadas, aflojando los esfínteres, dejando trabajar a la totalidad de las bacterias que componen la flora intestinal, trasladando la conciencia a un estado superior mientras habilita, sin prisa, el tránsito de la energía vital a través de sus tripas. Y claro, la experiencia de conectarse con su espíritu en un plano trascendental, la manifestación de la fuerza divina que define el universo, esa extática, fecunda unión cósmica entre el alma y la materia (fecal), no debe ser interrumpida bajo ninguna circunstancia; alcanzar la iluminación demanda un alto grado de concentración, tiempo, serenidad, un ambiente pleno, lleno de paz y concordia. Este falso budista aplica poderosas técnicas del tantra en el ámbito laboral. “Tantra”… ¡’Tan trabados, no salen! ¿Debería, pese a mi total desconocimiento de las elevadas disciplinas del ser, auxiliarlo? Podría regalarle alguna jalea, yogur o preparado basado en ciruelas. O en fibras.

Faltaría para una próxima ocasión incorporar iluminación tenue, acompañada con imprescindibles velas aromáticas y un edredón que beneficie su postura.

Quienes han compartido jornadas laborales con él ensanchan las hazañas a dimensiones épicas, de leyenda (“como una hora”, “hora y media, aunque no estoy seguro”): pese a las imprecisiones y a la imposibilidad de verificar tales sucesos, estas declaraciones vagas e inciertas se muestran incapaces de mellar el concepto que de su persona se tiene. Por el contrario, potencian, enaltecen su figura, confirman la necesidad del sujeto de estudiar, aprender y conocerse a sí mismo, tal como cientos de años atrás proclamó el filósofo griego; revalidan una dilatada trayectoria en pos de la iluminación perenne.

No nos equivoquemos: el muchacho no es un díscolo que permanece en el baño durante extensas jornadas en su horario laboral persiguiendo el placer derivado de una vulgar necesidad fisiológica. De ninguna manera. Es un adulto ávido de conocimiento e intelectualidad, un estudioso que busca tornarse un vergel colmado de sabiduría, un hombre que algún día aspirará a convertirse en un guía espiritual.

Se lo ha ganado, me ha convencido: a partir de hoy, en honor a su notable carrera lo consideraré un gurú, será para mí el Señor Cago Tántrico.

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Written by Pablo

31/05/2011 a 2:56 pm

Publicado en Anécdotas

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