Caótico Maligno

Educación de mercado

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Tras salir del trabajo, pasé por un mercado de mi barrio a realizar unas compras para la cena.

Cuando llegué a la caja, el dependiente, que pese a rondar los cincuenta o sesenta años aún responde al apelativo de “Carlitos”, atendía a una joven. En eso, el lector de código de barras falló. Carlitos carraspeó, miró hacia el fondo del local, donde estaba el dueño, y establecido el contacto, sin siquiera llamarlo por su nombre, le preguntó en voz alta y clara:

-¿Las alverjas marca xxxxx?

Dirigí mi atención hacia el producto para corroborar que la lata, cuyo envoltorio prometía vegetales esferéricos de color verde, fueran arvejas y no alguna legumbre genéticamente arruinada. En el momento creí que se trataba de un error, aunque más tarde, con la complicidad de un diccionario, descubriría que está correctamente dicho; alverjas o guisantes, son arvejas.

-Dos con veinte- fue la respuesta.

La compra de la chica totalizó veintitrés pesos. Abonó con cincuenta y ofreció tres pesos más como cambio. Carlitos le devolvió treinta pesos, y ahí comenzó, con mayor esfuerzo, una nueva historia en el arduo trabajo de desbastar.

-¿Está bien? -inquirió ella.
-Sí -explicó, y procedió a contar nuevamente– Treinta, cuarenta, y cincuenta.

La muchacha permaneció paralizada un instante, con tres billetes de diez pesos desplegados sobre su billetera cerrada.

-Me diste tres pesos más, te cobro veinte. Pagaste con cincuenta -Carlitos le mostró el dinero, que aún tenía en su mano. Repitió la cuenta de “treinta, cuarenta, y cincuenta” señalando cada billete.
-No, me está dando de más.
-No, fijate. Son veintitrés pesos. Me diste tres más, te cobro veinte, son treinta pesos de vuelto.
-Claro, por eso, está mal.

Con paciencia, volvió a explicarle la cuenta, fracasando rotundamente. Ella intentó darle diez pesos que el dependiente, con un gesto, rechazó. Ambos mantuvieron sus posturas hasta que Carlitos me miró buscando consenso, en el preciso momento en que mi mueca de “en 500 años arqueólogos encontrarán restos de tres esqueletos alrededor de una caja registradora” estaba en su esplendor.

¿Nocierto?– me preguntó.
-Claro, cincuenta y tres menos veintitrés es treinta- sentencié.

Una vez más, esa amalgama de timidez, laconismo y brutalidad computada se quedó en silencio por un instante, hasta que finalmente habló.

-Aaaaah… ¡Yo creí que era treinta y tres!

Bajo el inobjetable, poderoso amparo de la mayoría, se destrabó el conflicto. La joven se retiró con sus treinta pesos.

-Si ella quería, le cobraba diez pesos más, no tengo problema- me comentó el empleado.
-Por lo visto, las matemáticas no son su fuerte. Vi que llevaba un taladro. Que se dedique a hacer agujeros.

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Written by Pablo

23/04/2011 a 7:30 pm

Publicado en Anécdotas

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2 comentarios

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  1. Odio los comentarios estilo “te cobro $10 mas, no tengo problema”. Me parecen muy bobos.
    Excelente lo de los arqueologos, me hiciste reir.

    Ale

    26/04/2011 at 12:41 am

    • Sí, lo de los diez pesos es un comentario bobo, a veces canchero, como si dar correctamente vueltos durante años ameritara una Licenciatura en Matemáticas.
      Nuevamente, ¡gracias Ale por pasar!

      Pablo

      26/04/2011 at 1:45 am


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