Caótico Maligno

Cincuentenario

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El 29 de marzo pasado recibí un llamado telefónico. Resulta que el domingo de esa semana -el 3 de abril, para ser exactos- se celebraban los 50 años del instituto donde realicé mis estudios secundarios. Una ex compañera me llamó para saber si iría.

Acepté. Como tenía que viajar al interior de la provincia, le respondí que le confirmaría mi presencia tan pronto tuviera dispuestos los medios para viajar.

El miércoles por la mañana me dirigí a la terminal de ómnibus. La compañía, en beneficio de mi salud y mi seguridad, optó por aliviar el peso de mi castigada billetera, manteniendo bajo su custodia una sugerente suma por los boletos. Saldría de La Plata viernes por la noche, lunes por la mañana estaría de regreso en la ciudad. En el medio, dos viajes de diez horas cada uno.

Quien haya viajado en un ómnibus de larga distancia sabe a lo que se atiene. No es la primera vez que lo hago, ni la más extensa, pero hacía bastante tiempo que no andaba en uno.

Como viajé ligero de equipaje, no tuve que despachar el bolso. Quienes deben hacerlo tienen que esperar en una cola amorfa a que el despachante los atienda e incluya sus bolsos en un test de impacto, arrojándolos, estrujándolos o simplemente aplastándolos bajo otros.

Una vez ubicado en el asiento maldigo la tecnología al percibir una sinfonía de teléfonos móviles ajenos en plena actividad: llamadas recibidas o hechas hablando de cualquier nimiedad, avisos de mensajes entrantes, música, también cumbia… Hasta se oye el pulsar de las teclas.

En todo momento hay que considerar el espacio físico, que siempre tiende a ser igual: escaso. Es difícil hallar comodidad para satisfacer mi metro ochenta y algo de estatura. Pruebo más posiciones que en una porno, y por más que lo intento, no logro conciliar el sueño. Duermo de a ratos, cuando el aburrimiento es dominado por el cansancio. Y encima me duele el cuerpo, especialmente el cuello: aún estoy realizando un recuento de vértebras.

La temperatura del habitáculo suele ser un asco, por su mal uso. En primavera, pero más aún en verano, el aire acondicionado rememora la tundra siberiana. En los viajes hicieron unos 12-15 grados, así que se dispuso encender la calefacción. Cuando estoy del lado de la ventanilla y el calor viene desde debajo de ella, imagino que ese vaho impetuoso que comienza en mis pies y amenaza con asfixiarme terminará por derretir mi calzado. Mi cuerpo gusta de alejarse de la pared ardiente, al estilo del personaje de “El pozo y el péndulo”.
Cuando el aire caliente viene desde arriba me agobia un poco menos, pero no por eso es menos molesto: parece un maldito secador de pelo. Al menos, en esos últimos casos, pude obturar la tobera de salida.

Una ligera incomodidad ocurre cuando el aire se condensa en el frío vidrio de la ventana, formando líquido que desciende hasta el borde de la misma. Si se concentra suficiente agua, basta un desnivel en la carretera o un movimiento brusco del vehículo para salpicar.

Para completar, en el viaje de ida sufrí una muchacha que se sentó a mi lado y escuchaba cumbia a más no poder, al mismo tiempo que emanaba un inconfundible y desagradable aroma a pan de jabón.

Pero el propósito de mi viaje pronto daría resultados más que satisfactorios. Llegué el sábado por la mañana a la casa de mi hermano. Descansé y pude compartir gratos momentos con familiares y allegados.

El domingo por la mañana asistí al acto del instituto. Fue un cálido, emotivo y afectuoso reencuentro con docentes, ex docentes, rectores, celadores, parientes, amigos y ex compañeros, a quienes no había visto en años. Muchas de estas personas fueron vecinos que en la adolescencia encontrábamos en la calle, haciendo las compras, en la cancha, en la plaza, en un bar, o simplemente sentados en la vereda viendo la vida pasar. Afortunadamente no caímos en las nostálgicas anécdotas de la etapa adolescente, lo que hizo el encuentro agradable, placentero y alejado de lo que normalmente se espera.

Hice una recorrida por el establecimiento, donde una galería de imágenes alusivas a la ocasión fue presentada. Aproveché para visitar las instalaciones, tratando de recordar cómo era cuando estudié allí.

Los eventos finalizaron con un almuerzo del que formaríamos parte alrededor de quinientas personas, pertenecientes a todas las promociones que pasaron por el colegio. Durante el mismo se emitió una filmación conmemorativa y hubo baile.

Con mis ex compañeros acordamos volver a vernos, alrededor de mayo, quizás incorporando algún ausente. Si las obligaciones lo permiten, allá estaremos. Pese al ómnibus.

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Written by Pablo

13/04/2011 a 10:03 am

Publicado en Anécdotas

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