Caótico Maligno

Es una pirámide brutal

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En la tarde del martes salí a buscar un cajero automático con vestigios de dinero. Fue un día complicado para semejante tarea; El feriado de carnaval agravó la cobranza, el retiro de fondos se disfrazó de comparsa. Casi todo el mundo, saliera o no, sacó algunos pesos, y los que fallamos en retirar parte de nuestro sueldo merced a esa selvática ley de oferta y demanda, erramos en una jungla de máquinas expendedoras de billetes. Claro que los que se fueron, cuando regresen, intentarán extraer dinero con la misma suerte que nosotros, y vagarán hasta que los bancos llenen los cajeros, reiniciando así el feroz ciclo.

Así, la brutal asincronía de mi realidad en carnaval dio sus amargos frutos: Mis primeros intentos me presentaron cajeros practicantes del ascetismo, enfatizando la carestía de moneda de curso legal.

Peor que no tener dinero es no tener ni dinero ni alternativas, así que, empleando las segundas, decidí seguir mi funesto raid colector hacia el centro de la ciudad, con vanas esperanzas de éxito.
A pocas cuadras de mi siguiente destino, en una esquina, se encontraban tres chicos, el mayor no superaba los doce o trece años de edad. El más alto de los tres envolvía la cabeza de otro con una ancha cinta de papel blanco, a la que aún debía dotar de huecos para los ojos.
El tercer chico vestía su máscara, de características similares a la que se estaba fabricando, y avanzaba por la vereda. Fuera o no su intención, lucía cómico con su cabeza vendada, y bajo ella una remera gris, pantalones negros y zapatillas. Parecía dirigir unas palabras, inaudibles para mí, a cada persona que se le cruzaba. La gente lo miraba con indiferencia, prosiguiendo su camino.
Quedaba cruzar la calle antes de hacer contacto con el niño. Los otros dos continuaban puliendo detalles en el diseño. Mientras tanto, dos muchachas que iban delante de mí, a pocos metros de distancia, fueron interceptadas por la criatura. Efectivamente, les decía algo que por entonces me resultaba imposible de escuchar. Diría que ellas lo ignoraron, no fui capaz de distinguir reacción alguna.
Cuando alcancé la vereda, el niño me preguntó, en tono amigable, casi jocoso:

-Señor, ¿tiene una moneda para la Asociación de Momias Argentinas?

Me reí. Por la originalidad, debí haberle entregado una.

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Written by Pablo

10/03/2011 a 3:15 pm

Publicado en Anécdotas

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