Caótico Maligno

The Soprano

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Me encontraba en el Teatro Argentino de La Plata, durante la ópera Rigoletto, creación de Giuseppe Verdi, en algún momento de junio de 2010.
Habitualmente los espectáculos son puntuales, por lo que resulta conveniente llegar con tiempo. La gente va ubicándose en sus asientos, mientras que los que ya hallaron su lugar hojean el programa de la función. Otros prefieren asomarse al foso a observar a la orquesta. Mientras estaba sentado, miraba a la gente a mi alrededor. Pese a haber bastante audiencia, no se trató de una función a sala llena. Una espectadora se sentó cerca de mi ubicación. Ella estaba separada de mí por apenas una butaca vacía, su edad rondaría los sesenta años de edad, usaba el cabello corto castaño claro teñido y discretos anteojos de marco negro.
Comenzó la obra. Hermosa puesta, gran esfuerzo del Teatro y de los intérpretes.
En algún momento del primer acto comenzó a tararear algunas de las arias e incluso comentó la belleza de la obra. “¡Qué lindo!”, dijo. Obviamente conocía la música, la seguía bastante bien.
No soy de armar escándalos, así que la miré fijo un par de veces como para que depusiera su actitud. Me ignoró completamente y prosiguió de manera esporádica con su faena.
Al finalizar el primer acto, como es habitual, el grueso de los espectadores salió unos minutos. La improvisada soprano permaneció en el recinto, hablando con alguien que la conocía. Ella estaba al tanto de la música y sus melodías pero poseía pleno desconocimiento del libreto. Le contaron cómo seguía, y manifestó sorpresa e incredulidad por el desarrollo de los acontecimientos.
En el segundo acto también aterrorizó las arias con su canto, que invocó la ira de dos espectadoras de la fila inmediatamente detrás. Ellas le chistaron, exigiendo silencio. Nuestra denostada intérprete prosiguió unos instantes, como si nada hubiera ocurrido, pero al poco tiempo se calló, por lo menos hasta el final del segundo acto.
Llegado el final del segundo acto nuestra aspirante a Florence Foster Jenkins requería más información. “¿Termina acá?” preguntó. Le contaron hasta el final, y su rostro fue la imagen del desencanto.
Para el tercer acto se cambió de ubicación, bastante más alejada de la mía. Halló una butaca vacía unas filas más adelante. No supe nada más de ella. Quizás tenga que pagar para volver a verla.

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Written by Pablo

13/01/2011 a 1:50 pm

Publicado en Anécdotas, Música

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2 comentarios

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  1. A esa gente hay que matarla!

    Ale

    23/01/2011 at 3:29 pm

    • ¡Hola Ale, gracias por pasar!
      Te da un poco de bronca que ocurra una situación así, especialmente si tenés en cuenta el precio de las entradas.
      Saludos.

      Pablo

      26/01/2011 at 11:02 am


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