Caótico Maligno

Archive for enero 2011

Jezebel

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Había culminado mi jornada laboral. Era un caluroso y soleado mediodía de enero en una ciudad rebosante de calles abandonadas, desérticas, disponibles, pese al horario pico. Muchos comercios permanecían cerrados desde el inicio del mes, otros aguardaban impacientes el inicio de la segunda quincena para hacerlo. Sufría la ciudad su propia desnudez, ese cisma poblacional, el desapego estacional, endémico, destilado en el alambique vacacional veraniego. A quienes nos veíamos en el infame trance de permanecer en la urbe, privándonos de ese zumo, oleadas de fuego nos recibían, y a su encuentro nos amedrentaban y aplastaban en la ausencia del viento. Dirigíame al centro de la ciudad a realizar trámites, cuando entre el bochornoso, pesado vaho que dibujaba los interminables edificios con trazos oblicuos, o curvos, diríase irreverentes, y que teñía los tilos de un sinnúmero de tonalidades rojizas, verdosas y azuladas, la introspectiva travesía imaginada en mis ojos debió relegarse ante dos fanales ambarinos y un rictus de alegría que ya me habían ubicado. La persona dueña de esos atributos era una mujer que, al reconocerla, me devolvió a mi pasado.

Afloró en mi vida durante la adolescencia, transcurrida en Gualeguay, ciudad enclavada en la terca humedad de la mesopotamia entrerriana. Rubia, alta, de piel blancuzca, rasgos romanos, ojos color miel y sonrisa publicitaria, me atraía desde la unicidad de su nombre. Jezebel se llamaba, con esa grafía bíblica y singular demarcada por el tajante cincel del Registro de las Personas.

Recuerdo que nos reencontramos en el inicio de nuestras instrucciones universitarias y comenzamos a socializar con cierta asiduidad. Existía un principio de afinidad y conforme la conocía cobraba mayor protagonismo en mis desvaríos. Entretanto, el vínculo entre ambos crecía ávidamente.

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Written by Pablo

28/01/2011 at 10:30 am

Publicado en Cuentos

Elvis has just left the building

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El jueves todavía estaba de vacaciones, en casa de mi hermano. Mis sobrinas se encontraban jugando en su habitación con sus primos. Estaba aburrido, y pese al despiole quería estar tranquilo, así que ignorando todo me fui al cuarto que tiene la pc a navegar por internet.
Al rato escuché a mi sobrina mayor, que tiene cuatro años, decir que iban a jugar al rock & roll. Como es una nena con una interesante dosis de imaginación, paré la oreja. Obviamente, no esperaba que hicieran un juego relacionado con la música, pero con ese nombre me interesó averiguar para dónde iba la cosa. Proseguí con lo mío, atento al desarrollo de los acontecimientos.
El mentado juego del rock & roll palideció por su creatividad, no así en su definición. Consistía en que los niños saltaran y corrieran libremente por la casa gritando ¡¡¡rocanrooooooooooolllll!!! Parecía una versión muy light de Pomelo, el personaje de Diego Capusotto. El juego tuvo escasa duración, digamos un minuto; Cuatro sujetitos de no más de cuatro años de edad en plena agitación rockera no tardaron en llamar la atención de la ley y el orden, atributos personificados en mi cuñada, quien rápidamente sofocó los disturbios haciéndolos callar.
Mi sobrina mayor es una rockera en potencia. Pomelo, es para vos.

Written by Pablo

26/01/2011 at 3:16 pm

Publicado en Anécdotas

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The Soprano

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Me encontraba en el Teatro Argentino de La Plata, durante la ópera Rigoletto, creación de Giuseppe Verdi, en algún momento de junio de 2010.
Habitualmente los espectáculos son puntuales, por lo que resulta conveniente llegar con tiempo. La gente va ubicándose en sus asientos, mientras que los que ya hallaron su lugar hojean el programa de la función. Otros prefieren asomarse al foso a observar a la orquesta. Mientras estaba sentado, miraba a la gente a mi alrededor. Pese a haber bastante audiencia, no se trató de una función a sala llena. Una espectadora se sentó cerca de mi ubicación. Ella estaba separada de mí por apenas una butaca vacía, su edad rondaría los sesenta años de edad, usaba el cabello corto castaño claro teñido y discretos anteojos de marco negro.
Comenzó la obra. Hermosa puesta, gran esfuerzo del Teatro y de los intérpretes.
En algún momento del primer acto comenzó a tararear algunas de las arias e incluso comentó la belleza de la obra. “¡Qué lindo!”, dijo. Obviamente conocía la música, la seguía bastante bien.
No soy de armar escándalos, así que la miré fijo un par de veces como para que depusiera su actitud. Me ignoró completamente y prosiguió de manera esporádica con su faena.
Al finalizar el primer acto, como es habitual, el grueso de los espectadores salió unos minutos. La improvisada soprano permaneció en el recinto, hablando con alguien que la conocía. Ella estaba al tanto de la música y sus melodías pero poseía pleno desconocimiento del libreto. Le contaron cómo seguía, y manifestó sorpresa e incredulidad por el desarrollo de los acontecimientos.
En el segundo acto también aterrorizó las arias con su canto, que invocó la ira de dos espectadoras de la fila inmediatamente detrás. Ellas le chistaron, exigiendo silencio. Nuestra denostada intérprete prosiguió unos instantes, como si nada hubiera ocurrido, pero al poco tiempo se calló, por lo menos hasta el final del segundo acto.
Llegado el final del segundo acto nuestra aspirante a Florence Foster Jenkins requería más información. “¿Termina acá?” preguntó. Le contaron hasta el final, y su rostro fue la imagen del desencanto.
Para el tercer acto se cambió de ubicación, bastante más alejada de la mía. Halló una butaca vacía unas filas más adelante. No supe nada más de ella. Quizás tenga que pagar para volver a verla.

Written by Pablo

13/01/2011 at 1:50 pm

Publicado en Anécdotas, Música

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