Caótico Maligno

Decadencia

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Alguna vez un amigo, conocedor de mi afición a la escritura, me confió una opinión de sí: dijo no saber contar una historia.

Refuté su afirmación, elogiando la forma en la que narra eventos de su vida y hace propios los chistes que conoce. Abundan ejemplos cotidianos donde una persona ejercita la narrativa. Pensé en un abuelo contando a sus nietos una anécdota, o una persona contándole a otra un suceso del día.

Hubo una historia el domingo en el Teatro Argentino de La Plata que no se contó como debiera.

La obra era “Così fan tutte”, ópera con música de Mozart. Ambientada en Nápoles, dos soldados realizan una apuesta con un tercer amigo, Don Alfonso, sobre la fidelidad de sus parejas, las hermanas Fiordiligi y Dorabella. Ambos creen que ellas serán fieles por siempre, Don Alfonso no está de acuerdo y les propone un plan. Fingen ser llamados a combatir en el frente; Don Alfonso los presentará a las jóvenes como otros buenos amigos que posee. Ellos, que se dicen albaneses, intentarán, en un cruce de parejas, seducirlas y contraer matrimonio.

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Written by Pablo

12/09/2016 at 6:16 pm

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Suripanta

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Tengo la posibilidad de un ascenso importante en mi trabajo y obtener un cargo de jefe. Debería estudiar una serie de reglamentaciones y concursar.

Sin embargo, es, en mi opinión, más beneficioso para los demás que para mí. El único punto favorable es el concerniente a lo pecuniario.

El ambiente laboral es desgastante y horrible.

Hay personas que no valen lo que cobran y no deseo trabajar para ellas.

Acá el compañerismo es una leyenda urbana. Culpar al prójimo es ley, especialmente si está ausente o indefenso. Las responsabilidades son siempre ajenas, salvo las ineludibles.

Una vez, mientras discutíamos un asunto laboral, le dije a mi jefa “tengo seis compañeras y nunca me sentí más solo” y ella pensó que le estaba contando una confidencia.

Desde la caída de Alfonsín en 1989 soy el chivo expiatorio para todo lo que falla, en la tradicional frase “es el turno de la tarde”. Obtener el cargo implicaría, accesoriamente, formalizar la situación: en lugar de murmurarlo en voz baja, podrían señalarme con el dedo.

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Written by Pablo

12/11/2014 at 3:52 am

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En poblado y en banda

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He tenido varios inconvenientes con internet, más de los que puedo consignar.

Una vez vino un técnico dispuesto a cambiar el modem, cuando de repente me preguntó si podía regresar a la mañana siguiente, la del sábado, porque pretendía cambiar el modem pero el que me iba a dejar estaba roto.

Lo miré como diciendo “¿es broma? ¿Dónde está la cámara oculta?”. Resignado, acepté.

Cumplió su palabra y regresó el sábado a la mañana. Cambió el modem, pero fue lo único distinto. Seguía sin conexión.

 

–Parece que no es el modem, vengo el lunes con otro muchacho.

 

Jamás regresó. Tengo la sospecha de que Telefónica, en su división internet, irónicamente llamada “Speedy” me mandó un telemarketer en vez de un técnico…

Hubo que hacer un nuevo reclamo y vinieron dos muchachos con las ideas claras y resolvieron todo en quince minutos. Leer el resto de esta entrada »

Written by Pablo

07/07/2013 at 4:43 pm

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Compra

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Revista “El Guardián”, 12/04/2012

Dos vietnamitas (no uno, como dice el epígrafe) compraron Buford. Para qué, ni idea. Pagaron 900.000 dólares por 4 hectáreas que comprenden una estación de servicio, tienda, una escuela que funciona como oficina, casa, garage, una torre de telefonía celular de la empresa Union y un sector de estacionamiento.

¿Se puede comprar un poblado como quien compra verduras en el mercado? ¿Se podrían adquirir, por ejemplo, Nueva York o Washington, total o parcialmente? ¿Qué tipo de relación tendrían los compradores con los residentes si éstos desearan quedarse?

Todo está a la venta. Sólo faltan financistas, como decía Darín.

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29/06/2012 at 3:57 am

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Puntería

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Encontré esta foto en el diario argentino “Pagina 12”, del 1º de junio de 2012 con el sacerdote pederasta Julio César Grassi, quien fuera condenado en 2009 a 15 años de prisión. Aún se encuentra en libertad.

La noticia de la foto, está aquí y comenta la decisión de la Cámara en lo Penal de Morón de revocar la prisión domiciliaria del cura.

Dejando de lado lo terrible e indignante del asunto y volcándome a lo trivial, a lo pueril, casi instantáneamente vino a mi memoria aquella foto que publiqué tiempo atrás remarcando el nombre de un comercio en Trenque Lauquen.

Una vez más, un oportuno clic despierta cierto ingenio y mordacidad.

Diario Página 12, 01/06/2012

Written by Pablo

18/06/2012 at 3:37 am

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Pánico y locura en La Falda

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En noviembre de 2011 procuré organizar mis vacaciones veraniegas. Como en las últimas ocasiones, y dispuesto a dar revancha a mi experiencia norteña, contraté un servicio en Irazábal Turismo. Elegí las sierras cordobesas, viajando en ómnibus y la estadía con media pensión en un hotel.

Empezamos más o menos. Yo pasaría las fiestas de fin de año al interior y quería tener todo listo antes de salir, vouchers incluidos. Mariela, quien me atendió en Irazábal, pese a tener más de un mes antes de esa fecha, me mandó aquellos comprobantes a mi correo electrónico porque no pudo cumplir con el plazo propuesto.

Llegó el 15 de enero, me subí al ómnibus y di inicio a mis vacaciones.

Doce horas después, a las 8 de la mañana del 16, llegué a La Falda y me tomé un taxi al hotel.

El coche se detuvo frente a un hospedaje. Pagué, salí e intenté abrir la puerta del hospedaje, pero estaba cerrada con llave. Casi de inmediato la dueña apareció. Le mostré el comprobante y me aseguró que el lugar no era ese. De hecho, el nombre no coincidía, pese a que la dirección y el teléfono sí.

Confundido, comencé a recorrer el barrio buscando mi reserva, preguntando en casas y hoteles lindantes, sin resultado favorable.

Harto de andar dando vueltas con los bolsos, decidí llamar a la agencia y hablar con Mariela, la que me había vendido el paquete en Irazábal.

Ella me comentó que el hotel lo habían conseguido a través de otra agencia (Mecohue viajes) y que no iba a encontrar a nadie hasta pasadas las diez y media de la mañana.

Miré el reloj. Aún no eran las nueve.

Suspiré. Evalué mis opciones. Podía aguardar el llamado de Mariela, o realizar averiguaciones en la Dirección de Turismo, o una mezcla de ambas.

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Written by Pablo

10/04/2012 at 10:23 am

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Pelado botón

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Hace ya unos cuantos años que tengo poco pelo. La primera gran caída ocurrió un verano; salía a la calle sin peinarme porque cada vez que me pasaba el peine dejaba en él muchos cabellos.

Al año siguiente, también en verano, me pasó otra vez. Ya con menos cabello, la caída mermó, aunque nunca dejé de encontrar pelos en cualquier lado.

Un par de años atrás dejé crecer libremente los cinco cabellos que me quedaban hasta que colmaron mi paciencia. Los más osados alcanzaron la base de mi cuello; nunca antes había tenido el pelo tan largo.

Así que, hastiado y en una calurosa tarde de enero, me pasé la máquina dejando un par de milímetros. Culminada la faena mi cabeza parecía un campo yermo, triste, desértico; faltaba un cardo ruso que pasara. Eso sí, no necesitaba un peine y es suficientemente fresco para la época. Nunca antes había tenido el pelo tan corto.

Me costó amigarme con mi nueva imagen, de modo que, con la excusa de cuidarme del sol, me compré unas gorras. Las usé bastante; anduve así ataviado durante algo más de un mes. Desafié al buen gusto en casi todos lados, incluso en el trabajo.

Las gorras no sólo me protegieron del sol veraniego sino que además me resguardaron de la opinión del prójimo. Aun cuando soy de los que prefieren que todo el mundo exprese su juicio acerca de cualquier tema, deseé que respetaran mi voluntad y evitaran formular comentario alguno sobre mi cabello. Lamentablemente casi nadie respetó mi deseo.

Mi principal reparo está fundado en lo limitado de mis chances. Me corto el pelo como puedo, no como quiero. Por tanto, no se trata una decisión estética; considero que no tengo alternativa. Entonces, que alguien me informe que mi corte me queda bien no es un elogio; es, en el mejor de los casos, una desafortunada coincidencia.

Mientras tuve una gorra puesta, nadie pudo opinar. Donde hubiera ido luciendo mi calva, quien viera mi flamante corte por primera vez se sentía obligado a emitir un comentario.

En general, quienes opinaron coincidieron en su apreciación. La mayoría puso el piloto automático y me comentó que me quedaba bien. Hubieron un par de casos con rostros embebidos en sorpresa; una persona muy cercana me confesó que el pelo largo me quedaba mal (¿por qué te guardaste la opinión tanto tiempo?) y una dama me dijo que “me veía distinto pero no se daba cuenta qué era lo que había cambiado”. Menos mal que no pretendo ocupar un lugar memorable en su vida…

Written by Pablo

23/03/2012 at 10:18 am

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